Allí estaba yo, intentando auto-controlarme (sin demasiado éxito) para no estampar ningún objeto contundente en la cabeza de algún cliente exasperante (cada día tengo mas respeto a los camareros, esto no se paga con dinero, lo que hay que aguantar a veces).

Un voz bastante agradable me dice:

- Disculpa.

Yo mas que nada, por el asombro de oír semejante palabra, me de doy la vuelta. Y ahí estaban mirándome fijamente, unos ojazos azules de infarto, yo creo que hasta parpadeé y la cara de gilipollas que se me quedó seguro que fue monumental (va a sonar pastelero lo se, pero por unos segundos dejé de escuchar a la petardas que por allí se encontraban) al regresar a la realidad y recobrar el poco sentido que tengo, me di cuenta que el chavalito salvo los “ojazos” carecía de interés.

- ¿Me traes una coca cola?

Yo:
- Si claro.